Al hilo de los acontecimientos sucedidos en el último mes en Estados Unidos con el asesinato de George Floyd y el posterior surgimiento del movimiento antirracista, conocido como “BlackLivesMatter”, que se ha extendido por numerosos países, desde la Asociación Terapias Sin Fronteras, queremos expresar nuestra solidaridad con dicho movimiento.

Este artículo tiene como objetivo profundizar en el racismo actual en este periodo de la globalización y destacar en qué está relacionado con la migración, el refugio y la desigualdad a escala mundial. Son ya 79 millones de refugiados que existen en todo el mundo y las políticas actuales de migración no son alentadoras, siendo estos sectores los que han sido muy afectados por COVID-19.

El caso de George Floyd ha impactado a nivel mundial, tanto como la pandemia del COVID-19, pero es importante resaltar que el racismo se ejerce de muchas maneras, no sólo con la violencia, aunque sea la más visible. Es necesario señalar que no sólo encontramos racismo en Estados Unidos, aunque se haya establecido ahí el foco de atención, que se arrastra desde la Guerra Civil estadounidense hasta el presente, con distintas formas y evolución.

En primer lugar, haremos una aclaración acerca del concepto racismo, el cual ha evolucionado, tanto en su definición como en su ejercicio:
“Es necesario aclarar a qué nos referimos por «racismo» en la Europa contemporánea. Aunque el «racismo genético» que prevaleció en Europa en la primera mitad del siglo XX aún existe, se ha eclipsado bastante por lo que ahora se ve como «racismo cultural»” (Bralo y Morrinson, 2005: 116).

Se trata de un apunte interesante en el concepto de racismo, teniendo en cuenta la sutileza del mismo. Es más difícil de identificar y por lo tanto, de frenar. El himno repetitivo que se busca ahora desde los partidos ultraderechistas y conservadores con el racismo, no se enfoca sólo en el color de la piel (que también lo encontramos), si no que se fundamenta en el temor a la pérdida de la homogeneidad económica y de identidad cultural del país que acoge. Se trata de un discurso de unidad de la cultura y de la identidad nacional frente al extranjero, al inmigrante, al diferente “que viene a cambiar esta cultura” y esta supuesta unidad cultural homogénea del país. Lo mismo sucede en Estados Unidos, que casi el 40% de la población son afroamericanos, de origen latino o de origen asiáticos, y por lo tanto son diferentes al racismo de blanco supremacista y hegemónico, de una idea americana de prevalencia mayoritaria y única que ya no existe.

Es esencial hacer esta distinción en los tipos de racismo, ya que sólo somos conscientes del mismo cuando se ejerce la violencia o se habla del racismo genético. Sin embargo, el racismo se ejerce también de forma subliminal y es global en todos los países. Es necesario sacar estos conceptos a la luz porque el primer paso para poder cambiar una situación es producir una conciencia global sobre el problema del racismo existente.

Para mayor claridad sobre estos conceptos, existen varios ejemplos de racismo genético o racismo cultural: en el caso de racismo genético, que tuvo su apogeo en el siglo XIX, ha habido denuncias por racismo en campos de fútbol, con abucheos a jugadores negros con insultos como: “mono, simio, animal…”, los cuales han empezado a ser sancionados, especialmente en Europa.

Otro ejemplo es cuando alguien tiene un color de piel diferente al local, posee un trabajo de alto cargo, como si por tener ese color de piel tuviera que ser un refugiado o dedicarse a aquellos trabajos que se consideran socialmente menos reconocidos y uno de los más bajos en la escala socio laboral, por ejemplo: servicio doméstico, repartidores, recolectores temporeros, entre otros. Otro ejemplo muy sonado en Madrid fue el asesinato de un top manta de origen africano, por parte de la fuerza del orden. Es verdad que la mayoría de estos trabajos están realizados por inmigrantes, en más de un 80%, lo que favorece la discriminación, no sólo por su origen, sino la discriminación por ser pobre, alentado todo esto por partidos de la extrema derecha o partidos de raíces fascistas o franquistas. Algo similar sucede cuando nos sorprende que un asiático tiene un perfecto acento español o incluso tiene un nombre y apellido que no corresponde con sus orígenes asiáticos.

En relación al racismo cultural, se pueden poner ejemplos y situaciones más fáciles de identificar: entre el 2014 y el 2017 los ataques terroristas del ISIS en Europa, en particular y mundialmente repartidos, la comunidad musulmana en su conjunto se vio discriminada y obligada a demostrar su desaprobación de esos actos, porque percibían que la población local se cambiaba de acera, que eran el objeto de miradas, y no sólo eso, que había amenazas racistas por esos actos, cuando el mundo musulmán es mucho más que eso, es una comunidad que nos ha acompañado durante de siglos y que el ISIS representa una secta minoritaria, nacida de un conflicto político y económico más reciente.

Más duro resulta hablar de la situación de los refugiados sirios. El máximo exponente de racismo en Europa que se ha podido observar en la última década. Siendo los países miembros de la UE los que ponían precio y número a las personas que iban a acoger aludiendo a la crisis económica que se podía producir al acoger a muchos refugiados sirios, y cómo ello iba a mermar la calidad de vida de la población europea, es decir, se hablaba de economía y protección de la vida de los europeos, antes que de aquellas personas que estaban muriendo en el mar, en la huida o en la guerra. Aún siguen en situaciones de desamparo, pero recluidos en centros de refugiados donde no están integrados en ningún país y no se les presta la adecuada asistencia en el campo de la supervivencia, de su salud física y mental, a excepción de Alemania que acogió a más de un millón de refugiados sirios.

Un caso aún más cercano y reciente de racismo es la discriminación que se hace sobre la población china, a la cual se la culpabiliza por haber provocado la Pandemia del COVID-19. Los inmigrantes chinos en Europa sufren un racismo social, cultural y a veces económico, poniendo en peligro su supervivencia.

Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario
Nelson Mandela (1918-2013)

Es necesario destacar que existe un racismo a la hora de conseguir los servicios básicos para el inmigrante, como vivienda, salud y educación, y de igual forma resaltar que en algunos casos existe un racismo latente al momento de pretender que deben rechazar casi totalmente a su cultura para adherirse a la nuestra. No podemos pretender que los asiáticos, latinos o afroamericanos cambien sus facciones y color de piel para parecerse casi totalmente a la nuestra. Otra forma de racismo cultural es mantener a miles de personas ilegales de forma continua sin darles solución, favoreciendo de esta manera la delincuencia como forma de supervivencia. En definitiva, los distintos tipos de racismos favorecen la falta de integración del inmigrante y que además culpamos de excluirse y no seguir nuestras normas y constructos culturales.

Es por esto, que desde la Asociación Terapias sin Fronteras, con el Modelo de Psicoterapia Transcultural, sistémico e integrativo, a través de la práctica de los servicios de salud mental que ofrecen, se contribuye con un grano de arena significativo, haciendo posible la idea de vivir en un mundo multi-cultural, practicar la Transculturalidad en activo e ir eliminando el torrente de prejuicios erróneos sobre “el otro diferente”, “el inmigrante diferente”.

El proyecto migratorio, el surgimiento de las parejas transculturales, las duras situaciones psicológicas y sociales de los refugiados o exilados políticos, el duelo migratorio, el choque cultural, la integración del inmigrante y refugiados, y su dificultad en el acceso a servicios públicos, son temas centrales que se abordan en cualquier caso de terapia con una persona, pareja o familia migrante o transcultural. No incluir estos aspectos en el trabajo con inmigrantes y refugiados sería otra forma de racismo cultural o étnico.

No obstante no dejamos de insistir en ello porque nos parece importante que los profesionales conozcan estos conceptos a fin de que puedan actuar con mayor eficacia y deberían considerarse como una prioridad en la formación de la práctica psicoterapéutica de los médicos, psicólogos y psiquiatras.

A modo de conclusión, podemos decir que el movimiento “BlackLivesMatter” a propósito del racismo en Estados Unidos ha puesto en evidencia otros tipos de racismos vinculados a la migración, a la pobreza, a la desigualdad y a la historia de colonización que Europa hizo sobre África y América Latina especialmente. Ha puesto en evidencia que no solo podemos hablar de racismo por el color de piel, sino de racismo cultural, racismo burocrático, racismo de las políticas de migración y racismo frente a la pobreza donde en su mayoría se trata de inmigrantes y refugiados en los países de acogida, es decir, que existe aún un racismo de forma social, económica, cultural y relacional.

Es imprescindible que frente a las políticas oficiales de migración de los gobiernos y de la comunidad europea se haga una revisión de esta situación de racismo en aras de conseguir una verdadera integración y bienestar del inmigrante y que la propia población en su conjunto avance también en esta dirección.

Desde Terapias sin Fronteras, con su práctica de contribución a la salud mental del inmigrante y refugiado se quiere mostrar que es posible conseguir estos objetivos y aunar voces y fuerzas desde la escucha y atención psicoterapéutica a los colectivos diferentes, destacando que la formación y concienciación de los profesionales en nuestra área, son una herramienta preventiva e integrativa para el futuro de una sociedad más globalizada y más sana.

Referencias bibliográficas
BRALO, Z., y MORRINSON, J. (2005): «Immigrants, refugees and racism: Europeans and their denial», en E. Guild y J. Van Selm, International migration and security opportunities and challenges, London y New York: Routledge Taylor & Francis Group, pp. 113-128.

Mónica Pablos

Mónica Pablos

Licenciada en Psicología

Máster en Terapia Familiar Sistémica

Eduardo Brik

Eduardo Brik

Médico Psicoterapeuta

Director de ITAD y  del “Máster en Terapia Familiar Sistémica” y presidente de la Asociación “Terapias Sin Fronteras”
Web: https://eduardobrik.com
Correo: info@itadsistemica.com